Estoy sola, mi hermana llama, chateo con Sonia, leo el correo de José, llegan los mensajes, caen como gotas las palabras, una sopa caliente me espera... y sigo sola en esta casa, el eco despliega a los Beatles sobre las paredes que exhalan junto a mi. Estoy sola, afuera el sol quemando los techos de los coches, los techos de las casas, las cabezas de todo. Paredes conteniéndome, son piedras aislando el adentro del afuera, espero sola este fluir del tiempo, llega una foto por celular, siento su piel rozando mis sílabas, un plato lleno a kilómetros espera... sigo sola pero esta palabra me suena rara entre tanta voz entre tanto espacio de música, de risas de palabras que caen como muchedumbre.
Imposible no recordar las palabras de Gabriel García Márquez quien decía que es increíble como alguien puede dar la vida entera, puede pasar hambre, frío, con tal de escribir, algo que no alimenta, ni viste, y que, viéndolo bien no sirve para nada. Tal vez algunos escriban por neurosis, por el deseo de cambiar este mundo, de acomodar la realidad. Tal vez simplemente existe como decía Platón, el mundo de las ideas ahí, en algún lugar, gobernando desde sus aposentos, los destinos de los hombres, sus pensamientos y sobretodo, para los fines del presente texto, ordenando nuestras palabras, acomodándolas en un sitio que nada tiene que ver con lo azaroso, o con la experiencia del autor o con todas esas patrañas que nos hacen pensar que somos los que escribimos el texto, que somos capaces incluso de meternos en medio de la conversación de los personajes, para, según nosotros, transgredir la historia. Del cuarto texto del libro “Lo peor de ambos mundos, relatos anfibios” titulado “Un cuerpo co...
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